El 24 de marzo de 1976 no fue un hecho aislado ni repentino.
Fue el resultado de un proceso marcado por la crisis política, la violencia y decisiones que fueron debilitando el sistema democrático.
A 50 años del golpe, reconstruir ese camino no implica justificar lo ocurrido, sino entender cómo se llegó a un punto de quiebre que cambiaría la historia argentina para siempre.
EL QUIEBRE: LA MUERTE DE PERÓN
El 1º de julio de 1974 marcó un antes y un después. Con la muerte de Juan Domingo Perón, el país perdió no solo a su presidente, sino al principal dirigente capaz de sostener un equilibrio cada vez más frágil.
María Estela Martínez de Perón asumió en un contexto crítico, sin liderazgo propio ni capacidad para ordenar un escenario atravesado por tensiones políticas, sindicales y sociales.
El Estado comenzó a mostrar signos de debilitamiento, mientras el conflicto crecía.

LA VIOLENCIA COMO MÉTODO
Tras la ruptura definitiva con Perón, organizaciones armadas como Montoneros y el ERP retomaron la lucha armada.
Asesinatos, secuestros y atentados pasaron a formar parte de la vida cotidiana en distintos puntos del país.
El objetivo no era solo confrontar, sino también financiar estructuras y disputar poder en un escenario cada vez más inestable.
La violencia dejó de ser un hecho aislado y se transformó en un método.

EL ESTADO TAMBIÉN RESPONDE CON VIOLENCIA
En paralelo, desde el propio aparato estatal comenzaron a operar estructuras clandestinas.
La Triple A, impulsada desde el entorno de José López Rega, llevó adelante amenazas, persecuciones y asesinatos de opositores sin intervención judicial.
Al mismo tiempo, los decretos de 1975 habilitaron a las Fuerzas Armadas a intervenir en la seguridad interna con el objetivo de “aniquilar” la subversión.
Estas decisiones ampliaron el poder militar y debilitaron los límites entre legalidad e ilegalidad.

CRISIS ECONÓMICA Y DESGASTE
A la violencia política se sumó una crisis económica profunda.
El Rodrigazo, en 1975, implicó una fuerte devaluación y una suba generalizada de precios que disparó la inflación y deterioró el poder adquisitivo.
El desabastecimiento, las colas en los comercios y la incertidumbre marcaron la vida cotidiana.
El gobierno perdió apoyo político y social, quedando cada vez más aislado.

EL GOLPE
En la madrugada del 24 de marzo de 1976, las Fuerzas Armadas tomaron el poder.
Isabel Perón fue detenida, el Congreso disuelto y las instituciones intervenidas. Se instauró el llamado “Proceso de Reorganización Nacional”.
Para algunos sectores, el golpe fue visto como una salida al caos.
Sin embargo, en pocas horas comenzaría a desplegarse un sistema represivo sin precedentes.

UN SISTEMA DE REPRESIÓN
A partir del golpe, la violencia se convirtió en política de Estado.
Personas eran secuestradas sin orden judicial, trasladadas a centros clandestinos y sometidas a torturas. Muchas de ellas permanecen desaparecidas.
La represión incluyó también censura, persecución política y control social.
Uno de los aspectos más graves fue la apropiación de bebés nacidos en cautiverio, cuya identidad fue ocultada durante años.

LA NOCHE DE LOS LÁPICES
En septiembre de 1976, un grupo de estudiantes secundarios fue secuestrado en La Plata.
Tenían entre 16 y 18 años y participaban en reclamos por el boleto estudiantil.
Fueron llevados a centros clandestinos. Algunos sobrevivieron. Otros continúan desaparecidos.
Su historia se convirtió en uno de los símbolos más fuertes del terrorismo de Estado.

MEMORIA PARA NO REPETIR
Mirar la historia con honestidad, sin simplificaciones ni omisiones, es la base para construir una sociedad más justa.
Porque cuando la violencia reemplaza a la política, todos pierden.
Y cuando el Estado abandona su rol de garante de derechos, el daño es irreversible.
A casi cinco décadas, la memoria no es solo un ejercicio del pasado: es una responsabilidad del presente.














