Por: Sonia Beckman*
¿Qué buscamos cuando hablamos con una inteligencia artificial: respuestas o compañía?
¿Qué nos está pasando a los seres humanos para que una máquina pueda ocupar, aunque sea parcialmente, un lugar que antes ocupaba otro ser humano?
Esta nota nació de una conversación con Laura, profesora y amiga, que me propuso pensar sobre nuestra relación con la inteligencia artificial. La sugerencia quedó dando vueltas en mi cabeza porque, cuanto más pensamos en ella, más evidente resulta que no estamos hablando solamente de tecnología. Estamos hablando de nosotros.
Imaginemos una escena cotidiana. Llegamos a casa, estamos solos, tenemos una preocupación o ouna idea que queremos ordenar. Tomamos el teléfono y escribimos: “Necesito hablar de algo”. La respuesta llega inmediatamente.
Sabemos que no hay una persona del otro lado. Y, sin embargo, conversamos.
Quizás aquí aparezca una de las preguntas más interesantes de nuestro tiempo: ¿podemos sentirnos acompañados por algo que sabemos que no es una persona?
Hans-Georg Gadamer pensó la comprensión a partir del diálogo. Comprender no es simplemente recibir información: es entrar en conversación, escuchar, preguntar y permitir que algo nos transforme. Pero ¿qué sucede cuando ese diálogo ocurre con una inteligencia artificial?
Martin Buber nos lleva todavía más lejos. Para él, el encuentro con un “Tú” implica reconocer al otro como alguien, no como algo que simplemente utilizamos. Y aquí aparece una diferencia fundamental: una IA puede responder, ayudarnos a pensar y hasta sorprendernos, pero no tiene una historia propia, una vida que continúa cuando cerramos la pantalla.
Entonces, ¿qué ocurre con nosotros?
Byung-Chul Han ha reflexionado sobre una sociedad marcada por el consumo, la disponibilidad permanente y la transformación de nuestras experiencias en objetos. Tal vez también podamos consumir conversación, atención e incluso compañía.
La inteligencia artificial tiene una característica particularmente seductora: siempre está disponible. No se cansa, no tiene horarios, no tenemos que esperar.
Pero justamente ahí aparece el desafío.
Un amigo puede contradecirnos. Una pareja puede cuestionarnos. Un hijo puede mostrarnos que estamos equivocados. El otro tiene sus propios tiempos y deseos. No está hecho a nuestra medida.
Quizás el problema no sea que la inteligencia artificial nos acompañe. El problema sería que dejemos de buscar a los otros porque una máquina resulta más cómoda.
La inteligencia artificial no inventó nuestra soledad. Tampoco nuestra necesidad de ser escuchados.
Pero apareció justamente en medio de esas necesidades.
Por eso no se trata de demonizarla ni de idealizarla. Se trata de preguntarnos qué lugar queremos darle.
Podemos preguntarle qué piensa, pedirle que nos ayude a escribir, estudiar o crear. Podemos incluso encontrar en esa conversación una forma momentánea de compañía.
Pero después de cerrar la pantalla quizá todavía necesitemos hacer algo mucho más antiguo: llamar a alguien, preparar dos mates, sentarnos frente a frente, escuchar y ser escuchados.
Porque quizás la inteligencia artificial nos obligue, paradójicamente, a recuperar una pregunta que creíamos ya respondida:
¿qué significa estar verdaderamente con otro?
Esta es apenas una primera aproximación. La inteligencia artificial es demasiado amplia, compleja y nueva para encerrarla en una sola nota. Quedan por pensar cómo transforma nuestra manera de aprender, trabajar, crear, recordar, decidir y, sobre todo, pensar.
La conversación recién comienza.
Y tal vez la pregunta más profunda nunca haya sido acerca de las máquinas, sino acerca de nosotros:
¿qué hacemos los seres humanos con aquello que la inteligencia artificial puede hacer?
Profesora Universitaria en Historia
Consultora Filosófica






