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¿Cuánto vale una hora de nuestra vida?

Redacción El Diario
Redacción El Diario3 de septiembre de 2026
¿Cuánto vale una hora de nuestra vida?

Por: Sonia Beckman


Hay algo que hacemos todos los días y pocas veces pensamos: mirar la hora.


Pero ¿qué es el tiempo?


El filósofo San Agustín se hizo esta pregunta hace muchos siglos. Descubrió una dificultad que todavía nos resulta familiar: cuando nadie le preguntaba qué era el tiempo, creía saberlo; cuando intentaba explicarlo, ya no estaba tan seguro.


Quizás porque el tiempo es una de esas cosas que todos conocemos y, al mismo tiempo, nunca terminamos de comprender.


Siglos después, Martin Heidegger hizo del tiempo una cuestión central de su pensamiento. Somos seres temporales: llevamos una historia, vivimos un presente y nos proyectamos hacia posibilidades futuras. No solamente tenemos tiempo: nuestra existencia transcurre en él.


También el filósofo y teólogo Santo Tomás de Aquino reflexionó sobre el tiempo y lo vinculó con el cambio. El tiempo nos recuerda que las cosas pasan, que nada permanece exactamente igual y que nuestra existencia está atravesada por ese movimiento constante.


La película In Time lleva esta idea a un extremo inquietante. Allí, el tiempo es literalmente dinero. Las personas tienen un reloj que indica cuánto tiempo de vida les queda y deben pagar con minutos, horas o años. Quien tiene tiempo puede vivir; quien no lo tiene, muere.


La película convierte en realidad una frase conocida: “tiempo es dinero”. Pero quizás deberíamos pensar otra: tiempo es vida.


Todos tenemos, al comenzar un día, veinticuatro horas. El reloj parece igualarnos. Sin embargo, no todos vivimos el tiempo de la misma manera.


Una hora de espera puede parecer interminable.


Una hora junto a alguien que amamos puede pasar en un instante. Cinco minutos pueden ser eternos cuando esperamos una noticia y demasiado breves cuando abrazamos a alguien que hacía mucho no veíamos.


El reloj mide los minutos. Nosotros les damos significado.


Muchas veces decimos “no tengo tiempo”, cuando quizás queremos decir: “no encuentro un lugar para esto en mi vida”.


No tengo tiempo para leer, para llamar a alguien, para conversar, para pensar, para mí.


La filosofía puede ayudarnos a detenernos allí.


Porque administrar el tiempo no es solamente organizar una agenda. También es preguntarnos qué hacemos con aquello que no vuelve.


¿A qué estamos entregando nuestros minutos? ¿Qué estamos postergando para “cuando tengamos tiempo”? ¿A quién quisiéramos llamar? ¿Qué conversación estamos dejando para después?


Quizás vivir no consista en ganarle una carrera al reloj, sino en aprender a estar verdaderamente allí donde estamos: en una conversación, en un abrazo, tomando un mate, leyendo unas páginas o simplemente contemplando una tarde.


Porque hay momentos que parecen pequeños y, con los años, descubrimos que eran enormes.


El tiempo no solamente pasa.


El tiempo nos pasa.


Y queda una pregunta:


Si hoy nos regalaran veinticuatro horas y supiéramos que no podemos guardarlas para mañana, ¿En qué elegiríamos gastarlas?


Profesora Universitaria en Historia

Consultora Filosófica


Dibrand

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