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El difícil arte de elegir

Redacción El Diario
Redacción El Diario1 de octubre de 2026
El difícil arte de elegir

Por Sonia Beckman


Decidimos todo el tiempo. Algunas elecciones son pequeñas; otras pueden cambiar el rumbo de nuestra vida: cambiar de trabajo, comenzar una carrera, mudarnos, aceptar una propuesta, terminar una relación o volver a empezar.


Pero ¿por qué nos cuesta tanto decidir?

Quizás porque elegir no consiste solo en tomar una posibilidad, sino también en dejar otras atrás. Cada elección abre una puerta y cierra algunas más.


Quisiéramos avanzar sin despedirnos de los caminos que no tomamos y saber, antes de dar un paso, qué habrá del otro lado.


Pero la vida no ofrece esas garantías.


El filósofo estoico Epicteto distinguía entre lo que depende de nosotros y lo que no. Nuestras elecciones, juicios y acciones están, en alguna medida, en nuestras manos, pero sus consecuencias nunca dependen enteramente de nosotros. Podemos actuar con cuidado y encontrarnos con un resultado inesperado.


Aceptar este límite no es resignarse. Es reconocer que podemos elegir el paso, pero no controlar todo el camino.


Además, vivimos en una época en la que las posibilidades parecen multiplicarse. Podemos elegir qué estudiar, dónde vivir, qué profesión desarrollar y con quién relacionarnos. Vemos permanentemente otras vidas y oportunidades. Byung-Chul Han ha señalado la presión por rendir, optimizarnos y convertir cada posibilidad en un proyecto exitoso.


Cuando todo parece posible, aparece una pregunta difícil:


¿Y si estoy eligiendo mal?


Siempre parece existir otra alternativa, otro trabajo, otro lugar, otra vida. Entonces podemos quedar atrapados comparando lo que tenemos con aquello que imaginamos que podríamos tener. Pero no conocemos realmente la vida que no elegimos: la construimos desde afuera, sin sus dificultades ni incertidumbres.


Elegir también es aceptar que no podremos vivir todas las posibilidades.


Jean-Paul Sartre vinculó la libertad con la responsabilidad. Aunque estamos condicionados por circunstancias que no escogimos, nuestra manera de asumirlas y actuar dentro de ellas participa en la construcción de nuestra existencia.


No somos solamente aquello que pensamos de nosotros mismos, sino también aquello que hacemos con nuestras posibilidades. Y esto no ocurre solo en las grandes decisiones. Nuestra vida se construye con pequeños gestos: el tiempo que dedicamos a alguien, el límite que ponemos, la conversación que nos animamos a tener, la disposición a aprender o la voluntad de volver a intentar.


Un solo gesto quizá no transforme una vida, pero muchos, sostenidos en el tiempo, pueden darle una dirección.


También solemos pensar que actuar bien significa dejar las emociones afuera y utilizar únicamente la razón. Sin embargo, sentimos, recordamos, deseamos, tememos e imaginamos. Todo eso participa en nuestras decisiones.


Por eso, además de preguntarnos ¿qué debería hacer?, podríamos preguntarnos: ¿qué estoy sintiendo?, ¿qué temo?, ¿qué deseo?, ¿actúo desde una convicción o desde el miedo?


Escucharnos no significa obedecer ciegamente a nuestras emociones, sino reconocerlas. Razón y emoción no necesariamente tienen que enfrentarse.


Antes de actuar solemos esperar certeza. Queremos que desaparezcan las dudas y el miedo. Pero quizás la seguridad no siempre llega antes: a veces aparece después de dar el primer paso.


Esto no significa actuar impulsivamente. A veces necesitamos tiempo, silencio o la ayuda de alguien.


Pero existe una diferencia entre darnos tiempo para pensar y quedar atrapados esperando una certeza imposible.


La vida no funciona como un examen con una respuesta correcta escondida al final de la página.


Podemos pensar, preguntar y esperar, pero finalmente llega el momento de avanzar, conviviendo con cierta incertidumbre.


Tal vez no se trate de aprender a acertar siempre, sino de habitar nuestras decisiones: hacernos responsables sin castigarnos permanentemente por lo que pudo haber sido, reconocer que elegir también implica renunciar y que renunciar no siempre significa perder. A veces significa darle un lugar verdadero a aquello que hemos elegido.


La vida no nos entrega un mapa con el camino correcto señalado. Nos ofrece posibilidades, circunstancias, deseos, temores y un tiempo que no vuelve exactamente de la misma manera. Con todo eso avanzamos.


Quizás decidir sea una de las formas más profundas de nuestra libertad. No porque podamos controlar lo que vendrá, sino porque, dentro de ciertos límites, podemos decidir qué hacemos con aquello que la vida pone delante de nosotros.


Y entonces queda una pregunta:


¿Qué decisión estás postergando porque esperas tener una certeza que quizás nunca llegue?



Profesora Universitaria en Historia

Consultora Filosófica

Dibrand

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